Gerona

Gerona, o Girona lo escriben también. Como sea que lo escriban, lo importante es pronunciar la G como si dijera Yerona (o Yirona), en una rarísima y polémica excepció ortográfica que se le antojó a la R.A.E.

Pero aunque cueste creerlo, no fue por eso que fui a Gerona. Aunque tampoco fui porque fuese un gran atractivo turístico. Fui porque es el escenario de una entrañable serie de novelas de José María Gironella, que le recomiendo a cualquiera: Los cipreses creen en Dios, ambientada en los momentos previos a la Guerra Civil española, Un millón de muertos, que cuenta el tiempo de la guerra, y Ha estallado la paz, que habla del comienzo del período de Franco (que coincide con la guerra mundial). Creo que hay otros libros posteriores, pero no los he leído. Son novelas muy cálidas, con personajes queribles, cercanos, y el retrato de la época es (me parece) imparcial y humano.

Por todo eso, fui a Gerona. Pero encontré harto más. Varias iglesias sobrias y bellas, por dentro y por fuera: Santa Cruz, Sant Feliú, y la catedral, que además alberga un pequeño museo con algunas joyitas (cruces riquísimas, un tapiz del siglo XI, estatuas antiquísimas y unos libros manuscritos, con miniaturas, increíbles). Aún se conservan las murallas de la ciudad vieja, y el barrio judío (Gerona fue algo así como sede judía, en un tiempo) conserva un encanto y tiene un reciente museo. Un rinconcito especial es la "Caserna de los alemanes", que visité al atardecer, en lo alto del cerro, unas ruinas de lo más becquerianas con bella vista. Un lugar suficientemente bello y solitario como para toparme con unas cuantas parejas entusiastas. De todos modos, lo más usual en las postales es lo que se ve en la foto: "las casas que bordean el río, con sus caras amarillas y naranjas, largas, sedientas, dominadas detrás por la catedral", según quedó en mi cuadernito.

La foto: Gerona y su río.
Gerona y su río